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jueves, 22 de mayo de 2014


Herman Schwarz, entrevista en La Mula


Entrevista César Sánchez Lucero
18 de agosto de 2013
Fuente original La Mula

Domingo. Despierto temprano, entusiasmado y nervioso. El editor de Lima Gris me ha encargado entrevistar a una de las leyendas de la fotografía peruana: Herman Schwarz. Por su lente ha desfilado la cultura nacional e internacional del siglo pasado. Herman me ha citado, previa amable conversación telefónica, en su casa al mediodía. Llego con unos minutos de retraso. El tráfico limeño siempre me traiciona. Toco el timbre, Herman abre. Con un gentil saludo de manos me invita a pasar. Atravesamos un pequeño jardín mientras me pregunta por la revista. Ingreso a la sala y un aura vibrante y cálida me conmueve. Imagino, como si los recordara, a todos los personajes que estrecharon la amistad en su interior. Una escalera alta y empinada me lleva al segundo nivel de la casa. Hay cuadros, fotografías y adornos por doquier. Herman me dirige a su oficina que es una especie de gran biblioteca, de museo. Reconozco algunos libros, algunas imágenes. Nos sentamos frente a frente en una pequeña mesa redonda vestida con un mantel rojo. Parece que nos fuéramos a leer las manos y sí, de eso se trata un poco esta entrevista, de relevar aquello que está oculto en las certezas. 

Herman, he visto tu fotografía de luchas sociales y políticas, por lo tanto me interesaría ingresar a esta entrevista desde esa otra violencia cotidiana, como la perpetrada contra el fotoperiodista Luis Choy.
Le tocó a un miembro de la familia del periodismo; un chico joven, a él no lo conocí. Conocí su trabajo, sus fotografías en El Comercio. Es uno de los que cubre con mucha valentía el desalojo en la parada. Tengo entendido que él estaba comprometido con varios ensayos a profundidad. Él ha sido miembro de una generación de fotógrafos jóvenes que han tomado la fotografía como un lenguaje propio. Yo creo que de alguna manera al buscar la consciencia a través de la imagen, la conciencia de una realidad violenta, cruda, de alguna manera se trata de hacer reflexionar a la realidad de aquello.
La muerte de este joven ha conmovido a todos, sobre todos quienes hemos estado metidos y a quienes están metidos en fotoperiodismo porque es una muerte absurda y además inexplicable porque ha sido objeto aparentemente de un reglaje y de un ajuste de cuentas. Todo apunta a que es una especie de asesinato a pedido, digamos; no le robaron el carro, el equipo, que es lo que primero yo pensé, que lo habían seguido por el equipo y para arrebatárselo lo habían matado. Es una pena que un chico con una voz tan clara, tan bien dirigida haya sido callada de esa manera.
¿Crees que es una alerta para todos los fotoperiodistas que tienen que denunciar cosas tan complicadas a riesgo de su propia vida?
El fotoperiodista sabe que tiene que andar con cuidado. Tiene encima varios miles de dólares que los arriesga en cada comisión. Muchas veces estos equipos si se estropean la mayoría de empresas periodísticas no te los reponen. Yo he hecho fotoperiodismo a fines de los 70 y en esa época tenías que andar con cuidado. Hoy con mayor razón y motivos tienes que andar con cuidado. En los 70 había cierto respeto del lumpen con el fotógrafo. El fotógrafo de planta era de clase media, clase media baja. Mucha gente de condición humilde entraba a hacer fotoperiodismo y estaba trabajando en la calle. Los choros sabían que era de prensa y no se metían con ellos. Eso se acabó. Uno tiene que andar ahora con mucho cuidado. 
¿Cómo pasas de la fotografía analógica a la digital?
A mí me costó mucho entrar a la fotografía digital. Si bien la imagen es la imagen y realmente no importa mucho el formato con que la hacen, yo sí le tengo un especial cariño al trabajo de laboratorio. Por un lado se pierde algo que me gusta mucho que es el borde del marco del negativo de la foto. Tal vez es una deformación porque yo he hecho artes plásticas y he hecho grabado. El grabado contempla que tú imprimes todo, no lo que más te gusta; tú no editas tu grabado. Mis fotos siempre tienen todo el marco. Inclusive ves el final del negativo; lo que tú ves y tomas, es lo que va a salir. Prefiero analógico y prefiero blanco y negro. Me parece trampa pasar las imágenes digitales de color a blanco y negro. O las tomas en color o las tomas en blanco y negro.
La mayoría de fotógrafos han hecho el cambio con una naturalidad que a mí me impresiona.
De repente porque eres artista, provienes de Bellas Artes, donde hay una especie de purismo…
Sí, hay algo de eso; una cojudez mía que me impide salir con las mismas ganas afuera.
¿Crees que la realidad actual necesita de la velocidad de la imagen digital?
No. Yo creo que lo digital ayuda mucho en esta rapidez, en este proceso de velocidad; en la parte de preprensa es mucho más rápido el proceso, sin embargo, la imagen va por otro lado: la imagen va por la conciencia del fotógrafo. La imagen siempre va a depender del ojo que mira.
Camino a tu casa he visto un auto lleno de maderas que se cayeron en plena Panamerica y un señor lanzando cartones de un quinto piso. ¿Crees que Lima provee muchas más imágenes comparada con otras ciudades?
El tema digamos, claro. Antes uno veía a un borrachito sentado en una esquina; era otro tipo de realidad. Hoy día estamos llegando a la inseguridad, la ausencia policial. Ya no es novedad que todos los taxis y microbuses se pasen la luz roja. Si te puedes salir con la tuya, lo vas a hacer. Hay un irrespeto que se está generalizando y es peligroso.
En la inauguración del MAC (Museo de Arte Contemporáneo) he visto algunas fotografías de gente común y corriente de zonas populares de Lima y del Perú realizando sus actividades cotidianas.
Escenas comunes, digamos.
Sí. ¿Por qué crees que se representa solo de clases “populares”?
Hace como diez años una fotógrafa hizo una exposición que a mí me pareció vergonzosa. La propuesta era traer una familia de Huancayo por ejemplo, hacerla vestir con sus trajes típicos y llevarlas al Teatro Municipal del Lima. O sea, ese contraste de estos personajes de una zona vestidos de una forma que no tiene que ver nada con el oropel de este teatro republicano. A mí me hubiera interesado más ver a la familia Aliaga o a la familia Álvarez Calderón o a los Miró-Quesada vestidos de frac en una feria huancaína. Eso hubiera sido más interesante. Lo otro es una manipulación grotesca e inescrupulosa que da como resultado una visión racista del Perú.
En la fotografía artística que está entrando en las galerías, que no es para nada mi campo, hay mucho racismo. Fotografiar a las clases populares y trabajar las imágenes en Photoshop, desaturarlas y ponerle colores pasteles, me parece un maquillaje que la hace comercial. Estas son producciones y eso es lo que a mí menos me interesa de la fotografía: fabricar la imagen antes de tomarla. Para mí no tiene ningún interés. No me conmueve. Le quieren poner a la prepo la categoría de arte solo porque la cuelgan en una galería.
¿Cuál es la ‘cultura visual’ del Perú? Si vamos últimos en saber leer y escribir, ¿podremos interpretar imágenes?
Antes de aprender a leer ya estamos viendo imágenes y hoy por hoy las imágenes están en las calles, los paraderos, en los micros, en la televisión, en los periódicos. Consumimos muchas imágenes. De un tiempo a estar parte el lenguaje que usa la publicidad ha tomado mucho de la fotografía documental para hacerse creíble. Por ejemplo las fotografías que Benetton toma para hacer publicidad: Sida, crímenes, guerra. 
¿Existe un empobrecimiento de la imagen fotoperiodística a partir de ese tipo de producciones?
El fotoperiodista no puede manipular la imagen, debe intervenir lo menos posible. El fotógrafo actual pasa por un entrenamiento y tiene una educación que le ha costado varios miles de dólares: universidad, equipos, experimentos, etcétera, y siempre está pensando en el book. Ese es uno de los primeros problemas que yo tuve con esta generación de chicos que salían de las universidades e institutos; todos estaban buscando la foto espectacular. Me borraban todo lo que me a mí me interesaba: la marcha, el grito, etcétera, y se interesaban más en la candelita, el chongo, la patada, la tombería y yo tenía menos opciones de poner algo que no le pareciera al fotógrafo que pudiera lucirse. Yo les decía que no estaban trabajando para su book del Centro de la Imagen. Tú estás haciendo fotoperiodismo, estás dando información.
Ese protagonismo que hoy se debe un poco al crédito, a la juventud y a esta pretensión de volverte artista de la noche a la mañana o de tener fotografías espectaculares todos los días no se da. No es así. El periodismo es otra cosa. El periodismo es básicamente información y una buena foto es la que te da información que no te la puede dar el redactor.
¿Cómo fue el encuentro con Borges?
Fue un viaje que hicimos con un amigo muy querido, Edgar O’Hara, a Chile y Argentina para realizar una serie de entrevistas. Nosotros trabajábamos en la revista Marka, que en diciembre del año 82 se separa de lo que es el diario Marka, puesto que el proyecto de la revista es mucho más antiguo que el diario. Llaman a César Hildebrandt para que lo dirija. Con el chato hubo una demora y con Edgar dijimos: ‘Mira, esta revista no sale hasta marzo’, y nos fuimos a fines de diciembre, creo, comienzos de enero, por un mes a hacer este periplo: a Santiago y a Buenos Aires.
Cuando llegamos a Buenos Aires (a Edgar lo conoce medio mundo, yo tengo las anécdotas más extrañas de gente que lo reconoce en plena calle), estábamos caminando por Corrientes y un pata que venía (a Edgar le dicen El ‘Huevo’ O’Hara) le grita a una cuadra de distancia: ‘¡Huevo!’. Nos encontramos y era un pata de la Católica de Edgar y dijo: ‘Oye, ¿qué haces acá en Buenos Aires?’, ‘Acá estamos buscando entrevistas’, ‘Mira tú, estoy trabajando mi tesis con Borges y está con unas ganas de hablar locas; está dejándose entrevistar por medio mundo’, ‘Danos sus datos’.
Al día siguiente nos fuimos a un bar en una esquina que se llama el Bar Callao, a desayunar. De ahí agarramos un teléfono público y llamamos a Borges. Edgar le dice que llamaba de parte de Mario Vargas Llosa, al cual conocía Edgar, pero fue solo para lograr hablar con él. ‘¿Qué desea?’, una señora nos contesta, ‘Queremos entrevistar al señor Borges’, ‘Ahorita está siendo entrevistado por una periodista danesa, vénganse en un 45 minutos.’. Nos recibió muy amable, estuvimos como una hora conversando con él. Creo que le hice un par de rollos en aquella ocasión.
En ese viaje entrevistamos a Fontanarrosa, a Nicanor Parra, a Menotti, Óscar Hahn, Enrique Lynch. Sábato no quiso entrevistas, con él hubo una sesión de fotos y conversamos. Logramos algunas cosas interesantes en un viaje que salió a la diabla; nos fuimos para allá y a tocar puertas.
No haces retratos en estudio, según he visto.
No, allí en su sitio, donde estén.
Tampoco utilizas iluminación artificial.
No, no me gusta el flash. Lo he usado, pero trato de evitarlo.
¿Cómo hacías para elegir a quién fotografiar?
Este proyecto era conjunto con Edgar. Habíamos hecho una serie de entrevistas acá: Westphalen, Blanca Varela, Toño Cisneros, a Belli, Sologuren; la Generación del 50 y a unos del 60. Queríamos hacerlo más grande, el proyecto era más ambicioso. Chile y Argentina completaban este panorama de la poesía latinoamericana. Hicimos una lista larga. Entrevistamos a una gran cantidad de gente pero solo salieron unas cuantas.
¿Sigues con ese ritmo de buscar personajes actuales?
No. Con estos personajes que yo fotografiaba –puede sonar medio pretensioso–, quería hacer retratos memorables. No importaba cuántos rollos necesitara, quería tener una imagen que marque época. Yo vengo de la escuela de ver las fotos de Baldomero Pestana a los intelectuales peruanos; ver algunas fotos del Chino Domínguez, de Alicia Benavides, claro, sin hablar de Cartier Bresson, Man Ray; esta tradición de un retrato que te diga algo del personaje. De un tiempo a esta parte he encontrado que hay muchas de estas imágenes que están ahí, pero están olvidadas; se han perdido en el tiempo, a nadie le importa, entonces me he interesado por la recuperación de archivos.
He trabajo el archivo Chambi en su etapa de fotoperiodista. He trabajado el ojo fotoperiodístico, noticioso, reporteril, del estudio Courret: el Combate de 2 de mayo, las Islas Guaneras, la Guerra con Chile; la historia en imágenes. Y por cuestiones del destino he terminado enseñando Historia de la Fotografía en el Centro de la Imagen. Estoy trabajando con una empresa editora de libros de historia: de la electricidad, del petróleo; de algunas instituciones: la Alianza Francesa, el ICPNA, buscándole su historia en imágenes, documentos. Eso me emociona mucho como antes me emocionaba fotografiar un personaje. Cosa que también hago pero en menor cantidad.
¿Hay aún personajes interesantes por fotografiar en el Perú?
Sí, por supuesto. Los personajes están ahí, pero la gente se acuerda de ellos cuando se mueren, pero hay que recordarlos cuando están vivos, hay que respetarlos cuando están vivos, hay que buscarlos cuando están vivos, no me jodan. Hay cientos de personajes que vale la pena registrar.
Yo creo que esa necesidad de rescatar archivos, responde a la misma necesidad de rescatar a estos personajes que yo sentía que no eran bien recordados, o que no eran tratados con respecto, con dignidad. Por ejemplo, las fotos que yo conocía de Humareda, salvo las del Chino Domínguez que fueron las que más me impactaron, eran muy malas. Humareda era un personaje nocturno. Los reporteros que hacían las notas, las hacían en su hotel y de noche. El fotógrafo llegaba, tomaba la foto y se iba.
A la generación que me antecedía no le interesaba la cultura. El tema cultural estaba abandonado. No les interesaba el personaje; no lo leían, menos iban a exposiciones. La foto que tú ves de Humareda, sentado en su cuarto, tomada con flash y casi no encuentras al personaje porque es tal el desorden que hay en el cuarto y está todo iluminado con la misma intensidad; es una foto totalmente plana y sucia, pues está llena de elementos que te distraen. Ese cuidado que sí lo tenían con los personajes políticos o las vedets (porque ahí sí se esmeraban mis compadres), pero no lo hacían con los personajes de la cultura porque no los entendían o les eran totalmente ajenos.
Y las imágenes que ahora más se valoran son de los personajes de la cultura. En tu muestra ‘Al ras del suelo’ las más relevantes y vistas fueron las fotografías de la cultura: escritores, pintores, músicos, etcétera, y que en esos tiempos fueron los menos fotografiados y de los fotografiados los menos interesantes.
Exacto. La cultura no le interesaba a nadie, menos a los fotógrafos. Ahora sí, los chicos leen, estudian; el nivel cultural del reportero gráfico es cien veces mayor.
¿Cómo ves la cultura actual comparándola con la del siglo XX en cuestión de industrias, el trabajo artístico, la cantidad de artistas, de exposiciones, el espacio, el mercado?
A mí me tiene medio perdido. A mí me gusta la pintura pintura, el dibujo dibujo, la escultura escultura, cosas muy concretas, digamos. En la pintura me interesa el color, el dibujo, en la fotografía la realidad; termino siendo muy conservador. Me gustan algunas instalaciones, no todas las que veo. El arte conceptual en gran medida es una metida de dedo fantástica. Trata de privilegiar la inteligencia (la inteligencia con audacia), pero muchas veces son resultados muy mediocres. Me interesa mucho el trabajo de Runcie Tanaka, de Ricardo Ponce. El trabajo de Polanco me fascina. Pero estas cosas que son una mezcla que no sabes si es pintura o es fotografía o las instalaciones que quieren decir mucho pero que en realidad no dicen nada… La verdad es que voy a una galería de arte y no sé qué estoy viendo. Estos géneros que antes existían ya no existen; las barreras se han terminado y mucha de las cosas que veo en las galerías no me interesan.
¿Cuál es el destino de la fotografía a través de la pintura actual?
Como te decía: la fotografía documental ha sido tomada por la publicidad. Ahora es todo una mescolanza. La misma fotografía comercial pasa a la galería de arte automáticamente.
¿A qué personaje no llegaste a fotografiar y te hubiera gustado?
Ufff... Me hubiera gustado fotografiar a Basadre. Él estaba vivo cuando empecé a hace periodismo e incluso buscaba que lo entrevisten pero por alguna razón no sucedió. Me hubiera gustado también fotografiar a Chabuca Granda. Llegué tarde a Velasco. Cuando regresé al Perú ya había muerto.
¿Qué opinas de la cultura visual limeña?
Siempre se habla de esta Lima mestiza, de esta Lima achichada. Creo que eso está de moda. He visto el otro día la muestra de este joven que hacía los afiches chicha: Elliot Túpac. Simpática las cosas que vi. Es parte de nuestra educación visual cotidianamente hace 30 años. Siempre me llamaron la atención esos carteles que de alguna manera los quieren asimilar las galerías. Siempre alguien quiere beneficiarse de estas cosas, como Cherman con los personajes populares peruanos que los trabaja un poco a lo afiche y que tiene un éxito tremendo. Me interesa que involucren en las artes plásticas elementos de la ciudad. 
La fotografía también está en ese plan. Es como un ejercicio: todos los fotógrafos en verano se van a Aguadulce, el Día de los Muertos a San Juan de Lurigancho, a los cementerios clandestinos; en fin, son temas que terminan manoseando mucho y cada día los fotógrafos son más y van a ser más quienes se involucren en estos temas.
Veo que en la plástica se están reciclando ciertos elementos: Elliot Túpac la tipografía chicha; Cherman personajes de la historia peruana…
Sí, bien pop. Están haciendo lo que hacía Warhol hace 50 años.
Sí, claro, recién estamos haciendo pop en el Perú, hay creatividad, pero ¿hay creación?
Es un tipo de arte con el cual uno se identifica, es más claro el mensaje, lo entiendes rápidamente. No es un arte muy sofisticado, no es muy erudito, lo captas al toque. Me parece que va a ser de una existencia efímera. El tiempo lo decanta todo.
Y va a ser más efímero sobre todo porque está ligado a la cuestión comercial. El mercado en algún momento dirá: ‘Estamos cansados de estos temas, vamos a ver qué más hay’.
Ah, sin duda, eso pasa con la moda. Decía Avedon: ‘Lo único que pasa de moda es la moda’. Los artistas en general lo pasan muy mal, se entienden una generación después. Estos que se entienden ahí mismo y tienen éxito comercial lo van a pasar muy bien, sí, pero si su trabajo va a perdurar o no, se verá después.
Se dice que estos trabajos están sostenidos por la sociología y la antropología actual; es más, algunos postulan que este trabajo se hace solo para legitimar discursos sociales. ¿Eso también se hace con la fotografía?
Sí, también, claro. Es paradójico ver en una casa, en eisha, a una mamacha en una sala bien bacán, bien jet set, cuando no les permiten entrar a las playas. Y sí, lo que siempre cuenta Alberto Quintanilla: cuando él llegó a París, en el año 60, París estaba lleno de peruanos que se creían parientes de los incas y todos eran blancos.
Este discurso del peruano con éxito económico, que son cosas pasajeras, pero que uno cree que van a ser para siempre, perpetuas, hace que la gente tenga cierta consciencia del país; el simple hecho de hacerte tu casa ya no en Miami sino en las costas del Perú es significativo. Este mirar un poco atrás, hacia adentro, no solamente tus paisajes, tus comidas, tus ruinas arqueológicas, sino a la gente, es fashion, está de moda. Entonces, tener tu Miguel Grau de Cherman se ve bien bacán en tu sala, con tu Szyszlo, o claro, tu Bendayán; tus cholas amazónicas bañándose en un río, qué se yo.
No obstante no se ha descentralizado la cultura ni el comercio del arte en el Perú. Si bien hay quienes que como Bendayán vienen de la Selva, Lima sigue siendo el mercado para todos.
Ah, sin duda. Es que el comercio del arte siempre va a ser elitista. Muchos provincianos pueden ser un boom pero van a vender aquí en Lima. Si hay galerías de arte en cusco, van a vender acuarelitas de Machu Picchu.
Pero pasa en otros países, al lado nada más. La descentralización argentina con Mendoza, Medellín en Colombia. En el Perú aún parece que esta descentralización sigue centralizada en Lima.
Claro, pero siempre en provincia son menos los que coleccionan arte. Aquí están apareciendo muchos jóvenes empresarios que están coleccionando y están comprando bastante.
¿Cuáles las imágenes actuales que te evoca Lima?
La Lima cuadrada; el centro de Lima. Sus callecitas, los balcones coloniales de madera, las columnas de mármol de las construcciones republicanas; esa mescolanza me sigue llamando mucho la atención. Lo que yo siento en Lima es la gente que ha caminado por aquí. Me imagino los personajes que pasaron por el estudio de Courret, por ejemplo, con estos desagües a media calle.
¿Y la Lima moderna?
El caos vehicular. La agresión. La cantidad desmedida de taxis que hay. La agresividad de los micros, la falta de respeto a todo: a las reglas de tránsito, a las personas, a las personas mayores que cruzan las pistas, a la gente que usa los servicios públicos de transporte, esta gente que grita dentro de los micros. Hay mucha violencia visual, mucha agresión gratuita. 
¿Qué mensaje les darías a los fotoperiodistas actuales?
Que dejen el Photoshop para la preprensa y que no manipulen la realidad. Lo que yo siempre les digo a los chicos es que sean honestos con lo que hacen y testigos de lo que está pasando; que no sean protagonistas. Es el problema hoy en día, todo el mundo quiere ser la estrella. Ese perfil bajo que debe mantener el reportero gráfico ya se perdió. Todo el mundo quiere ser Musuk Nolte o Mario Testino; quieren salir en Cosas, en Circo Beat.
(Risas)
Muchas gracias, Herman, ha sido una entrevista de vida, una clase particular.
Gracias a ti.
PD: Entrevista que realicé el domingo 3 de marzo del 2013 por encargo de la Revista Lima Gris para su 5° edición impresa. Herman Schwarz actualmente trabaja en la investigación y recuperación de piezas que sirvieron como sellos para los grabados que retrataban los tipos y costumbres peruanos en el siglo XIX.  

viernes, 15 de marzo de 2013


Mirando a Todos Lados

Documental de Matin Bernetti donde 6 fotoperiodistas cuentas sus expericencias en las coberturas mas mediáticas de los últimos años; 6 fotoperiodistas latinoamericanos participan en este documental, "Mirando a todos lados". Toca temas como, el rescate de los mineros en Chile, la liberación de Ingrid Betancourt, el último terremoto en Chile, el secuestro del fotógrafo peruano Jaime Razuri y la muerte de Augusto Pinochet.
 

sábado, 23 de febrero de 2013


El Retoque en el Fotoperiodismo


23 de febrero de 2013

Fuente: Xatakafoto

Tras dar a conocer hace unos días al ganador de la mejor foto del World Press Photo, surgió un agrio debate en los comentarios del post sobre el exceso de retoque. Algunos argumentaban que no merecía ser ganadora, que si se notaba una poco natural iluminación por exceso de procesado, sobre la ética…
¿Se ha perdido el punto de vista de lo que realmente muestra la foto de Paul Hansen? éste y otros aspectos se han tratado en el debate, ahora de nuevo expandido (recomendable este artículo en francés al respecto), y que no es nuevo.
Echando un vistazo a la galería del sueco Paul Hansen nos encontramos con un tratamiento similar en otros de sus trabajos (aquí tenemos un ejemplo muy claro). Suponemos que es algo que ha pesado en el jurado de World Press Photo para su aceptación (y que Hansen ha explicado).
Aunque subyace algo más. Es probable que hace algún tiempo fuese inadmisible, que el retoque realizado por Hansen se considerara que desvirtuaba el espíritu fotoperiodístico de la imagen. Pero ¿realmente es así? la fotografía recoge un momento con mucha fuerza, una escena sobrecogedora y eso no deberíamos perderlo de vista (tal y como justifica el jurado). Al igual que nuestro compatriota Samuel Aranda en su imagen ganadora de la anterior edición.

¿Dónde está límite? ¿llegaremos a un consenso?

El jurado del World Press Photo ha tenido en cuenta que no se ha eliminado ni añadido ningún elemento. Según esto, el procesado de Hansen, que es parte de su estilo propio, ha sido aceptado dentro de unos “supuestos límites”, aunque para algunos sea excesivo, lo cierto es que hoy son más aceptados. Es muy seguro que no, hace poco tiempo.
Tenemos un caso reciente en el lado opuesto. El español Harry Fisch fue descalificado por eliminar una bolsa en una captura con la que se alzaba ganador en los premios del National Geographic. ¿Es tan grave? ¿desvirtúa el resultado final? de nuevo tengo muchas dudas de que sea así y su descalificación sea más por un jurado menos tolerante (de momento) con estos detalles de procesado que al final acaban tomando demasiado protagonismo y se queda en un segundo plano el verdadero valor de las imágenes.
Hoy mismo, el propio Fisch comenta en un entrevista este asunto, en Digital Camera World. Y hace muy poco otra fotografía suya ha sido finalista en los Sony World Awards 2013.
Daniel Airob reflexiona a fondo sobre este asunto en The W Side, exponiendo también el ejemplo de Klavs Bo Christensen con una foto sobre Haití, con una fotografía descalificada por el jurado de los POY Awards daneses por considerar que tenía un exceso de post-producción. El propio Christensen aceptaba su derrota esperando que sirviera para debatir sobre el asunto y llegar a un punto concreto. Otra opinión citada por Airob es la del italiano Paolo Pellegrin, que viene a ahondar en lo mismo. Como vemos, difícil alcanzar un consenso, sobre todo cuando se tratan de establecer unos límites y los criterios son dispares.
Otra opinión, la de Ana Prieto, en la Revista Ñ del diario argentino Clarín, es más tajante:
Lo discutible no es su currículum ni su talento ni tampoco el hecho de que haya decidido retocar la foto que tomó aquel día de noviembre. Lo verdaderamente problemático es que justamente por obra de esa manipulación, de ese “plus” para hacerla acaso más poética, la fotografía no logra transmitir nada de lo que lo que estamos compelidos a suponer que intenta transmitir.
También en contra, comenta Allen Murabayashi en PetaPixel:
Cuando las imágenes dejan de parecer reales y muestran un retoque excesivo, tenemos un problema de veracidad.
Por su parte, otra voz destacada, la de Donald R. Winslow, al frente de la revista de la NPPA (National Press Photographers Association), que afirma que hay seguir debatiendo sobre esto y que debería haber un consenso entre lo que publican los editores y lo que se admite en los premios (que como en el caso de Hansen y otros son diferentes para una misma imagen).
Termino con Alex Coghe que es también contundente. No está en contra de la edición en el fotoperiodismo, pero sí del exceso como ha sido el caso de Hansen, donde el dolor de la imagen queda desvirtudada por su aspecto de “dibujos animados”.
El debate continúa y lo seguirá haciendo, lo malo, quizás, sea que no se llegue a un encuentro y que este exceso se ponga de moda (dando premios se consigue) y se desvíe la mirada de la realidad que el fotoperiodismo muestra. Mucho más importante.
Fotos | Paul Hansen (Suecia)

sábado, 17 de noviembre de 2012


Fotoperiodismo: Martin Argles



A pesar de que la tecnología avanza, el papel del reportero gráfico seguirá siendo el mismo: ampliar nuestro conocimiento del mundo

Fuente The Guardian


A 12 años de edad, víctima de la enfermedad de Minamata, con su madre, 1971Ampliar imagen
Una víctima de la enfermedad de Minamata y su madre, 1971. Fotografía: W. Eugene Smith / Magnum Photos
El Fotoperiodismo moderno comenzó a ser posible con la llegada de la cámara Leica 35mm en Alemania a mediados de la década de 1920.Las revistas en Alemania y Francia empezaron a publicar, en lugar de un cuadro, conjuntos completos de imágenes para ilustrar las historias con mayor eficacia. Unos años más tarde, Roy Stryker, de la Farm Security Administration, dispuso que los fotógrafos capturaran los efectos de la sequía y la depresión en las comunidades agrícolas estadounidenses. La revista Life fue relanzado por Henry Luce en 1936.La agencia Magnum Photos, una respuesta a estos nuevos mercados, fue fundada por Henri Cartier-Bresson, Robert Capa y otros en 1947.
No hay ninguna indicación clara de cuándo el término (fotoperiodismo) fue utilizado por primera vez o por quién. Wilson Hicks lo destacó en 1952 en su libro, "palabras e imágenes"; es una posibilidad.
Mostrando compasión American GI hacia un soldado del Vietcong lesionadoAmericana IG ayudan a un soldado del Vietcong, 1968. Fotografía: Philip Jones Griffiths / Magnum Photos
El fotoperiodismo es quizás mejor descrito como la ilustración de un aspecto de la vida contemporánea en una serie de imágenes, generalmente en combinación con una historia escrita. A menudo refleja una preocupación social fuerte, a veces muy polémica. Algunos ejemplos son la obra de William Eugene Smith que cubre los efectos del envenenamiento por mercurio en Minamata (imagen principal) o el de Philip Jones Griffiths en Vietnam (ver arriba y abajo). Es "el fondo" y la naturaleza del fotoperiodismo que lo distingue de la obra igualmente importante de los fotógrafos de prensa, y la naturaleza contemporánea de la obra de fotógrafos documentales. Todos ellos se superponen y, todos ellos, al igual que el periodismo escrito, señalan la influencia de un mundo más amplio en nuestras vidas.
Las imágenes de la guerra de VietnamPhilip Jones Griffiths: "En una situación de tensión se necesita la capacidad de estar ahí, pero de alguna manera, a un lado." Fotografía: Philip Jones Griffiths / Magnum Photos

Un género instintivo

El fotoperiodismo no es un arte que se puede enseñar integralmente. Gran parte de este tipo de fotografía se basa en el instinto y la reacción: la conciencia del valor de cada imagen para narrar la historia, de la sensibilidad a la materia, de la composición, de la documentación de los acontecimientos en el tiempo, así como, inevitablemente, las restricciones, ya sea reales o imaginarias, que requieren las publicaciones para las que podría ser dirigidas las historias trabajadas.
La mayor parte de esto, si es que no es parte de alguna forma del carácter del fotógrafo, se adquiere mediante la experiencia, a menudo difícil de ganar a través de ningún tipo de educación específica. Sin embargo, hay ideas y lecciones valiosas que pueden ser transmitidas. En su forma más básica y general, una educación del fotoperiodismo debe enseñar a ver. Y, después de comprender qué, organizar una respuesta a lo que has visto.
Para hacer una metáfora extendida: Para alimentar a su familia que está de caza de ciervos es necesario comprender los hábitos de los animales, la forma en que se mueven, los caminos que toman. Pero también el cambio en su apariencia, a medida que avanzan a través de la luz moteada de un bosque o en la sombra de un acantilado. Usted necesita mirar el cielo para predecir cómo la luz puede cambiar. Es necesario comprender, a distancia, si la presa ha levantado su cabeza; es necesario un conocimiento completo de su entorno, de la naturaleza cambiante de la luz, de los hábitos de su previsto almuerzo . Esta es la capacidad de ver. El fotoperiodista necesita esto antes de cualquier otra cosa.
Ahora bien, podrían quejarse de que esto es demasiado absurdo. Pero creo que la idea general sería que, antes que nada, hay que agudizar el nivel de percepción de lo que se ve, más que la vida cotidiana. Usted debe comenzar a perder nada.

Estar a gusto con su kit

Gordon Brown en el número diez en los últimos instantes de gobierno laboristaEn 2010, Argles Marin se concede acceso exclusivo al n º 10 para capturar los momentos finales del gobierno laborista. Fotografía: Argles Martin para The Guardian
Anticípese a la luz:  Debe ser consciente de su  presencia y reaccionar rápidamente cuando sea el momento adecuado. Cultive una relación natural y fácil con su equipo. Nada de lo que usted utiliza debe anteponerse en el camino de su respuesta a la historia. En los días de las cámaras de placas, fotógrafos de prensa se ​​fijaban que sus gráficos tuvieran una  velocidad a 1/250o de un segundo y una abertura de f / 8 (a distancia lente de aproximadamente 2 m): una combinación que todo lo abarca diseñado para capturar cualquier imagen en un apuro. El equipo actual es muy diferente, pero aun así la cámara debe efectivamente ser una extensión de las manos y los ojos. Cuanto menos obvio sea y utilice la forma más natural - como en las fotos de Gordon Brown (arriba) - será menos probable imponer su presencia en el tema. A veces, las imágenes, con la reacción de los sujetos hacia la cámara, parecen incompletas, sin el sello del fotógrafo y se debilitan como consecuencia de ello.
Elige el equipo que te resulte fácil de utilizar y acostumbrarte al uso de un número limitado de objetivos pequeños y portátiles. Trata de mantenerlo en un bolso o una bolsa decompra. Deseche la tapa del objetivo. Tenga la cámara configurada para utilizar todo el tiempo. Atesórela.

Encontrar algo nuevo que decir

Escoja una historia que tiene un significado especial para usted y  asegurese que no ha sido bien cubierto por otros. Durante la guerra civil de Libia, unos 400 fotógrafos independientes acreditados se presentaron  en la zona de conflicto. Muy pocos tenían nada nuevo que aportar a la historia. Decimos que, tal vez, un poco pretenciosamente, el papel de un reportero gráfico es "expandir nuestra conciencia del mundo en que vivimos" y proponer nuevas formas de relación con él. Esto puede ser en el desierto del norte de África o, por supuesto, en los suburbios de Londres. No tiene mucho sentido en seguir una historia a menos que las fotografías le den un nuevo ángulo. Piensa bien acerca de cómo el lector  interpretará tu publicación.
La fotografía digital e Internet han alterado radicalmente la práctica y el mercado de fotoperiodismo. Para algunos, esto ha significado un retroceso en la exclusividad . Para otros, la reacción ha sido la de construir imágenes de difusión, como photostreams en línea. Pero la habilidad de imágenes fijas para transmitir las ideas indirectas, complejas y nuevas sigue siendo una potente herramienta de comunicación y su autoridad vive a través de los ojos del fotógrafo, individuo tiene el potencial de cambiar las mentes y, a veces, incluso, para cambiar nuestro mundo para mejor .


viernes, 25 de mayo de 2012


Rolando Angeles y La Historia de una Imagen



Rolando Angeles fue un maestro de la fotografía periodística. Dió cátedra a sus discípulos en La República y con su sencillez amplió su influencia en muchos periodistas ochenteros y de los 90s. Junto a Virgilio Grajeda y Victor Ch.Vargas se consagraron como hitos del fotoperiodismo callejero. Fueron los primeros en explotar las cualidades del lente gran angular en sus cámaras analógicas (de 18 mm para abajo) para capturar sus instantáneas.

Eran épocas de mucha violencia en las calles, de cruentas manifestaciones estudiantiles y de trabajadores infiltrados por los extremistas de sendero y los tupacamarus. Esta imagen fue captada por su cámara en las afueras del penal de Lurigancho en donde los familiares de los senderistas efectuaban protestas. El sujeto golpeado en el rostro es un policía o militar que pretendió infiltrarse entre los manifestantes fotografiándolos lo que provocó la iracunda reacción de los extremistas.

Un fotógrafo de Caretas logró también perennizar la golpiza con una secuencia tomada en el mismo instante que la histórica foto de Rolando Ángeles, pero ninguna de las tomas se iguala a la trascendencia de la imagen captada por el genial reportero gráfico.

El, con su talento y bondad, partió de este mundo hace tres años dejando un gran vacío en el mundo periodístico.

lunes, 19 de marzo de 2012


Homenaje al ojo inmune de la calle


Por Ghiovani Hinojosa
Fuente La República   18 de marzo de 2012
DANIEL PAJUELO: 
PESCADOR DE INSTANTES
Su hábitat eran los cerros de El Agustino, donde se movía como pez en el fango. El paradigmático fotógrafo Daniel Pajuelo Gambirazio retrató el lado más sórdido de la Lima: lugares, ídolos y usanzas marginales. Mañana lunes se inaugura en la Casa O’Higgins del Centro de Lima la exposición “La calle es el cielo”, que muestra el grueso de su trabajo a 12 años de su muerte. Aquí detalles poco conocidos de la vida del reportero gráfico que se hacía amigo de sus agresores.

“¿Dónde está el lugar al que todos llaman cielo?”, anotó Daniel Pajuelo en su libreta. Estaba tendido sobre su cama en un hotel de la ciudad de Mar del Plata, en Argentina. Era la primera semana de enero de 1999. Tenía un cigarrillo en los labios, y dos botellas de cerveza Quilmes esperando por él en la mesa de noche. El discman, que solía proveerle un fondo musical a casi todo lo que hacía, reproducía una canción de Luis Alberto Spinetta. Aquella que cuenta la historia del Capitán Beto, un aventurero que emprende un viaje sideral a bordo de una nave destartalada.
La pregunta que Daniel había escrito en su libreta parecía justa. Llevaba algún tiempo soportando fuertes dolores en la cabeza y una sensación inédita de cansancio. El 23 de noviembre de 1998 había apuntado en el cuadernito verde que llevaba a todos lados: “Hay algo en mi cerebro a parte del rollo, de ataque extraño, de afecto, de adormecimiento y bajón cerebral que me da en cualquier momento y me deja maltrecho”. Era entonces uno de los reporteros gráficos más cotizados del diario El Comercio. Precisamente había sido enviado a Argentina para cubrir los partidos del campeonato sudamericano Sub 20 de ese año. Cuando Daniel envió por internet las primeras fotografías que había tomado de los encuentros, la sala de redacción de El Comercio rebosó en desconcierto. Muchas de las imágenes estaban desenfocadas. Era algo insólito en un fotógrafo que tenía acostumbrados a todos a encuadres prolijos, focos precisos y mucha inteligencia. Por aquel tiempo, ya era famosa su reputación como pescador de instantáneas que destilaban humor, sarcasmo y marginalidad.
Al llegar a casa tras el viaje, su madre, doña Esperanza, le serviría una taza de té y notaría, preocupada, cómo él echaba la cucharadita de azúcar fuera de lugar. Empezaría a quedarse ciego. Maldeciría el mundo. Reservaría lo poco de vista que le quedaba para ver películas con sus hijos. Un tumor cerebral llamado astrocitoma lo sumergiría en el negro total. Como si estuviera condenado a pasar el resto de su vida en un cuarto fotográfico oscuro y sin salida. Pero eso ocurriría después. Ahora estaba despanzurrado en su cama, llenando la habitación de humo de tabaco. Spinetta le había puesto triste. Tomó su discman y cambió el CD por uno de la banda argentina Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Un grupo caleta, propio de su melomanía crónica. “Son más místicos los tíos, tocan 2 veces al año, no dan entrevistas, son muy herméticos”, puso en su libreta. Y, luego de pensar un rato, materializó un febril anhelo: “Ojalá algún día toquen en El Agustino y sepan lo que es bueno”.
“Esto es bueno”, les dijo Daniel Pajuelo a sus compañeros del diario El Mundo mientras abría su maletín. Acababa de llegar de una comisión periodística en la Cordillera del Cóndor, en Tumbes, adonde había ido a fotografiar la campaña de Susy Díaz al Congreso. Era la primera mitad de 1995. Ante la mirada atenta de sus colegas, fue tirando poco a poco de una pequeña prenda que rápidamente reveló su extravagante intimidad: era el taparrabos de Susy, una tanguita de flecos que la vedette había exhibido durante ese viaje. Ella tenía 31 años y no pocos seguidores, por lo que el objeto se convirtió rápidamente en una especie de trofeo de guerra. “Pajuelo se convirtió en el héroe de la jornada”, recordaría tiempo después Herman Schwarz, ex editor gráfico de El Mundo. “Así de pícaro era”.
En otra ocasión, en medio de una huelga de prostitutas en El Trocadero, convenció a una para que realizara una complicada contorsión sobre su cama. La mujer, cuyo rostro miraba al techo, flexionó los brazos y las piernas hacia atrás, y llevó el abdomen hacia adelante, formando una especie de araña humana. Una araña pulposa y sonriente. La fotografía forma parte del repertorio clásico de Daniel. En aquel tiempo, anotó en un cuadernito negro una reflexión que bien podría reflejar su talante desfachatado y anarquista: “El Trocadero no lo han cerrado por el sida, los chancros o las ladillas, como afirma un exagerado diario capitalino. Lo que pasa es que las meretrices decidieron librarse del yugo monopólico de la ‘MAMY’ e ingresar con todo a los tiempos modernos”. 
Daniel Pajuelo fue reportero gráfico de El Mundo entre 1994 y 1996. Fue su primera experiencia en prensa. Al inicio fue reticente a entrar al periódico porque temía tener que alejarse del mundo marginal, su escenario predilecto. Como miembro del proyecto Tafos (Taller de Fotografía Social), había pasado varios años recorriendo y fotografiando entornos precarios en todo el Perú. Una de sus tareas principales había consistido en enseñar fotografía a mineros y obreros de Morococha, La Oroya y Huancayo. En El Mundo trabajó con  periodistas como Esther Vargas y María Luisa del Río, y con fotógrafos como Martín Mejía y Nancy Chappell. También conoció a Malú Cabellos, su última compañera sentimental. Ella lo recuerda como alguien osado, fresco y exigente. Daniel solía esperar en la puerta del cuarto de revelado del semanario las reproducciones preliminares de sus negativos. A diferencia de la mayoría de reporteros gráficos, él era un experto laboratorista. Había convertido un baño inservible de su casa en un cuarto de revelado, en el que tenía los químicos necesarios para ampliar las fotografías de sus proyectos personales sobre los cerros de El Agustino. La fotografía en aquel tiempo era como la cocina, cada quien tenía su propia sazón. Y la de Daniel rebosaba en ají.
El primer lente fotográfico que tuvo Daniel Pajuelo fue la ventana del auto de su papá. Desde un borde de metal rectangular, descubrió que la realidad se podía enmarcar y que para hacerlo bien había que penetrar con la mirada. Don Isaías Pajuelo solía dejarlo esperando dentro del carro mientras se iba a hacer compras en el mercado de frutas. Delante de sí, el pequeño Daniel tenía la imagen de un monstruo de arena multicolor, el cerro El Pino, que deglutía con sus mandíbulas a cientos de inmigrantes provincianos. Le fascinó el cuadro. Años más tarde, volvió a este lugar y a otros tan o más tremebundos cuando trabajaba atrapando perros callejeros en un centro antirrábico de Comas. Disponía ya de un nutrido repertorio de maneras y frases pendejas, por lo que no le costó relacionarse y establecer amistad con los moradores de este mundo real maravilloso. Los cerros de El Agustino –el Agucho, para él– empezaron a ser su hábitat. Y sintió entonces la necesidad de inmortalizar la efervescencia: intelectuales de esquina, rockeros desaforados, putas desalmadas. Consiguió colgarse en el cuello una cámara Rollei 35s usada.
Daniel no era un foráneo que llegaba a tomar fotos, sino un chico de barrio que simplemente llevaba una cámara. Al formar parte natural del entorno, sabía cuándo disparar y cuándo no. Una noche caminaba por los linderos del cerro El Pino cuando un grupo de hombres lo interceptó.
–Oye, causa, necesitamos ese aparato tan pulenta: tenemos que quemarlo pa’ comer- gritó uno de ellos.
Daniel se sentó en una piedra mugrosa y lo miró tranquilo.
–Causa, me llamo Daniel y me dicen el Daniel, ¿quieres la lenteadora pa’ comer o pal’ pastel?
–Tengo dulce pa’ recetearme por una semana. Lo que no tengo es billete pa’ que coma mi hembra y los animalitos que parió.
–Habla, pues, así. Vamos a comprar pollo para tus hijos.
Esa noche, recuerda la mamá de Daniel, terminaron todos tomándose unas cervezas en la casa del ladrón. Daniel no sólo logró conservar su cámara, sino que también ganó un amigo protector en el cerro. En intentos de asalto anteriores, había bastado con prometer a los malhechores tomarles las fotos más lindas de sus vidas. Y claro, cumplir.
Daniel Pajuelo podía convertirse en amigo de su asaltante con naturalidad y sencillez. Podía tejer una red de contactos capaz de introducirlo en los círculos sociales más herméticos. Podía cultivar amigos que casi le rendían pleitesía. Podía engreír el ojo de miles de personas. Pero a veces no podía soportar el tráfago que era su vida familiar. A los 26 años tuvo sus primeros hijos, dos gemelos, que nacieron de una mujer llamada Violeta. Al poco tiempo, se separó de ella y empezó a ver a los bebés esporádicamente. Su vida de fotoperiodista viajero sólo complicaba las cosas. Un día de 1994 estaba dentro de un bus rumbo a Ica y fue invadido por “un sentimiento de culpa de padre ausente” debido al “hijo que ya manifiesta su disconformidad negando un beso sin mala intención”. Esto de acuerdo a los apuntes que hizo en la libreta que llevaba entonces. Aquella vez, apuntó también una frase temblorosa: “El sentirme un eterno deudor de sentimientos deberá tocar techa algún día”. El 7 de diciembre de 1995, el hombre que tenía siempre los pies bien plantados sobre el pavimento o la arena, anotó en su clásica bitácora: “A veces pienso que estoy tan lejos, realmente tan lejos, de la realidad, y que mi caparazón es inmenso, duro. Pero el día que se rompa voy a quedar totalmente demolido. Necesito llorar, tener sexo y dormir”.


Las capturas de Pajuelo tienen, según Herman Schwarz, esa “cosa medio dark”, ese vaho de sordidez que exuda una ciudad alterada. Una urbe que sufre traumas y mestizajes permanentes. Su fotografía ha sido tan poderosa que ha inspirado cuadros, como los del pintor Enrique Polanco, y una canción, Catalepsia, de Los Mojarras. Daniel murió a las 37 años el 14 de setiembre del 2000. Lo último que hizo fue mandar a traer a su casa una mesita de luz, como la de los médicos radiólogos, para ver de cerca los negativos de sus fotos. Quería sentir, aunque sea con el tacto, el sabor de sus incursiones marginales. Por fin lo había comprendido todo: la calle es el cielo. 
Pintura de Enrique Polanco inspirada en las imágenes de Daniel