jueves, 13 de enero de 2011


Vargas Llosa: salvado por el periodismo

Posted on Noviembre 04, 2010


El periodismo salvó la carrera literaria de Mario Vargas Llosa. La aparición de El sueño del celta (2010), lo confirma. El novelista conoció la historia del británico Roger Casement cuando leyó una biografía de uno de sus escritores favoritos, Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad,  el autor de El corazón de las tinieblas (1902). Al escritor le entusiasmó mucho más la cautivadora biografía de Casement al enterarse que estuvo en Perú para reportar los escalofriantes abusos que los caucheros inflingían a los indígenas amazónicos.. Como si se tratara de un veterano reportero de guerras, Vargas Llosa viajó a todos los escenarios, desde los que Casement informó sobre los horrores del dominio del hombre blanco sobre los nativos. Luego de haber entrevistado a decenas de especialistas y expurgado bibliotecas en Londres, Dublín, Madrid, Iquitos, y Kinshasa, entonces recién comenzó a escribir su decimoséptima novela.

Una vez más, el periodismo le dio material para la ficción. Redescubrió el valor del periodismo para crear ficción después de haber publicado cinco novelas, todas construidas con la experiencia vivida: La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966), Conversación en La Catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973) y La tía Julia y el escribidor (1977). Después dio un espectacular giro. Recurrió al reporterismo callejero, a la investigación periodística, al viejo oficio con el que se inició a los 15 años en el diario “La Crónica”, para emprender una nueva etapa literaria con una novela sobre la rebelión de los Canudos, en Brasil. Para forjar La guerra del fin del mundo (1981) retomaría el periodismo, al que había abandonado durante veinte años, para buscar historias verdaderas y transformarlas en ficción. Transformado en reportero de la historia, durante cuatro años se dedicó como un poseso a reconstruir lo que sucedió en los fatídicos años 1896 y 1897 en los áridos sertones, por donde anduvo el fantasmal Antonio Conselheiro. Leyó todo lo que se había escrito sobre el tema, revisó los archivos con documentos originales donde están registrados los hechos e hizo un viaje hasta los escenarios donde se desenvolvieron los episodios violentos.

Luego de haberse informado concienzudamente hasta dominar los detalles como un perito, Vargas Llosa se despojó de la condición de periodista para contar como diestro novelista su propia versión de lo que llamó La guerra del fin del mundo (1981).

Juan Gargurevich y su libro sobre la faceta reporteril de Mario Vargas Llosa

Mentir con conocimiento de causa 

A Vargas Llosa jamás se le había ocurrido escribir nada sobre Canudos porque simplemente no sabía nada del asunto, hasta que se lo relató el director de cine brasileño Ruy Guerra, quien le planteó que hiciera un guión sobre una historia relacionada con la rebelión religiosa. El proyecto fracasó, pero el novelista se quedó con la historia, se apasionó y se apoderó de ella. “Creo haber leído prácticamente todo lo que se ha escrito sobre Canudos. A todo el mundo le expliqué que no estaba escribiendo una novela apegada a la historia, y que quería conocer la verdadera historia, digamos, para mentir con conocimiento de causa”, le dijo Vargas Llosa al periodista brasileño Ricardo Setti, del diario “Jornal do Brasil”, a quien también describió su labor de reportero para obtener información de fuentes directas: “No sé con cuánta gente hablé, pero fueron decenas y decenas de personas. La verdad es que (en Bahía) no hacía otra cosa que ir de pueblo en pueblo. Recorrimos los 25 pueblecitos donde se dice que estuvo el Conselheiro. Y quizá para mí el día más emocionante de mi vida -creo que nunca he sentido tanta emoción-, ha sido aquel en que llegué (.) al monte que fue escenario de la gran batalla de la guerra, donde está la cruz que estuvo en la iglesia de Canudos y que se ha plantado allí y que está todavía llena de los impactos de las balas. Usted no sabe la emoción que me causó llegar allí. Yo llevaba dos años trabajando en eso y realmente era como si mi fantasía se estuviera materializando”

Es la misma emoción que sintió John Hersey cuando entró en la bombardeada Hiroshima para entrevistarse en secreto con los sobrevivientes. La idéntica emoción que invadió a Hunter S. Thompson el día que llegó hasta la tumba de Ernest Hemingway para comprobar que el autor de Por quién doblan las campanas, efectivamente, había sido capaz de suicidarse. La misma emoción que seguramente sacudió a Mario Vargas Llosa el 19 de enero de 1952, cuando en su condición de reportero policial de “La Crónica”, presenció el cadáver despanzurrado y encharcado en sangre de una mujer apuñalada por su novio enceguecido por los celos. 

 El método para escribir La guerra del fin del mundo resultó muy eficaz, al punto que lo repitió para escribir el siguiente libro, Historia de Mayta (1984). El interés por la insurrección del subteniente de la Guardia Republicana, Francisco Vallejos Vidal, el sindicalista Jacinto Rentería y el líder campesino Vicente Mayta Mercado, en Jauja, atrapó la avidez literaria de Vargas Llosa a principios de los 60 en París, antes de haber publicado ninguna novela. Fue cuando leyó una noticia pequeña en el diario “Le Monde”, en 1962, sobre  el primer ensayo de revolución de inspiración marxista-leninista en el Perú encabezado por Vallejos, espoleado por la victoria de Fidel Castro en Cuba. En esa época Vargas Llosa adhería el socialismo y era amigo de varios de los revolucionarios que morirían en otros intentos de insurgencia, como Javier Heraud, del Ejército de Liberación Nacional (ELN), en 1963; y Luis de la Puente Uceda, Guillermo Lobatón y Paul Escobar, del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), fallecidos en 1965. Aunque en ese periodo no pudo escribir sobre las revoluciones fracasadas, debido en parte a la cercanía de los hechos y la fraternidad con los protagonistas, tuvo que apretar los dientes hasta buscar una oportunidad propicia. Ese  momento recién llegó 18 años después, al reventar la “guerra popular” de Sendero Luminoso, la violenta guerrilla marxista-leninista-maoísta, en 1980. El novelista vio en el movimiento protagonizado por el subteniente Vallejos el principio de lo que después desembocó en la espantosa y fanática violencia abimaelista.

Mario Vargas Llosa reporteando sobre el conflicto entre Israel y Palestina

Conversando con amigos y enemigos 

Para escribir Historia de Mayta otra vez asumió el papel de periodista y buscó toda la información que se publicó sobre el levantamiento del 29 de mayo de 1962. Entrevistó a sobrevivientes y testigos de la época, se desplazó hasta los escenarios donde ocurrieron los incidentes, se sumergió hasta la coronilla en la historia borroneada por el tiempo. Buscó a todos los que tuvieron contacto con el policía Francisco Vallejos, el sindicalista limeño Jacinto Rentería y con el líder campesino Humberto Mayta. En una entrevista, Vargas Llosa describió el trabajo que tuvo que hacer para documentarse. “El narrador trata a través de entrevistas, a través de una pesquisa a reconstruir quien fue Mayta. Así, esta indagación lo lleva a visitar a diversas personas, a revisar periódicos antiguos, a recorrer bibliotecas tras el afán de reconstruir la figura del mítico protagonista de la historia de Jauja”, explicó a Jorge Salazar, de la revista “Caretas”: “Para ello conversa con antiguos amigos y enemigos del personaje que le obsesiona y coteja las diversas versiones”. Pura investigación periodística. Que usó el mismo método de La guerra del fin del mundo para componer Historia de Mayta, se lo confirmó al mencionado Ricardo Setti: “Sí, traté de averiguar todo lo que se publicó, en los periódicos de la época, testigos, participantes, todo lo que pude”, le contestó: “Naturalmente que hubo mucha resistencia, mucha gente que no quería hablar. Es un tema que todavía tiene consecuencias, y eso hace que mucha gente sea muy prudente. Me costó mucho trabajo conseguir muchas informaciones, en fin, creo haber leído también todo lo que se ha escrito sobre ese episodio”. La misma técnica de reconstruir la realidad para contarla de nuevo, desde la ficción de la literatura. Mentir con conocimiento de causa. Sin embargo, luego de la experiencia con La guerra del fin del mundo e Historia de Mayta, una vez más los demonios interiores de la experiencia propia lo volcaron a escribir ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), El hablador (1987), Elogio de la madrastra (1988), Lituma en los Andes (1993) y Los Cuadernos de Rigoberto (1997).

Retomaría el reporterismo para investigar el crimen del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo, cometido en 1961. La idea de La fiesta del Chivo (2000) surgió durante su estancia en República Dominicana en 1975, en el rodaje de la primera versión fílmica de Pantaleón y las visitadoras. Vargas Llosa ha desmentido que el régimen corrupto de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos lo inspiró para emprender el libro, pero algunos personajes coinciden. Como sucedió con La guerra del fin del mundo e Historia de Mayta, Vargas Llosa se entregó en cuerpo y alma a la búsqueda de material para su nuevo proyecto, La fiesta del Chivo (2000), dirigiéndose a las fuentes, en particular las humanas, como enseña Ryszard Kapuscinski.

Vargas Llosa en el campo de acción de la pugna en Medio Oriente

Víctimas del Síndrome de Estocolmo

“He leído todo lo que ha caído en mis manos (publicado y no) al respecto. Testimonios, confidencias sobre las conspiraciones que hubo para matar (al Chivo) y he conversado con personas de todos los bandos que actualmente viven en República Dominicana. No ha sido una tarea difícil porque allí ya no existen tabúes para abordar un tema como éste”, confesó a “Caretas”, según la edición del dos de marzo del 2000: “He tratado de ser fiel, en la medida de lo posible, en transmitir lo que pudo ser el ambiente moral y psicológico de la dictadura. He tratado de ser fiel -horrorizado e intrigado, al mismo tiempo- en la descripción de las relaciones entre el dictador y sus víctimas, muchas de ellas capturadas por el Síndrome de Estocolmo. Es decir, que le rendían culto, fenómeno muy frecuente en los tiempos de Hitler o Stalin, pero ninguno llegó a los extremos de éste, por las mismas características del régimen”. Era la segunda vez que exploraba un país extraño, después de La guerra del fin del mundo, que no era el suyo, y por eso mismo, implicaba un desafío. “Se trata de un país que no es el mío y los retos han sido muy grandes. He explorado un terreno desconocido y sin caer en el costumbrismo he tenido que reflejar las variantes tan sabrosas de su idioma. Ha sido, realmente, un esfuerzo rejuvenecedor”.

Mario Vargas Llosa desde siempre ha permanecido vinculado con el periodismo, pero como frecuente columnista de la realidad mundial, una actividad más relacionada con la opinión, el análisis y la bitácora del escritor. Pero con el reporterismo se ha reencontrado en la segunda mitad de su vida, después de los 50 años. El novelista se lo explicó de la siguiente manera a Katharyn Rodemann, de la revista “Texas Monthly”, en noviembre del 2002: “Aunque a mí lo que más me gusta es la literatura, no me gustaría vivir solamente en un mundo de ficción, cortado del resto de la vida. No. Yo quiero tener siempre un pie en la calle, estar inmerso en lo que es la actividad de mis contemporáneos, del tiempo, del sitio donde vivo. Y eso lo representa el periodismo. El periodismo es una manera de opinar, de participar en el debate político, social o cultural. Y eso es lo que hago. Esos artículos son como un puente con el resto de la sociedad, y es una manera de mantenerme en contacto con la vida diaria, con la historia haciéndose”. Luego, confesaría la utilidad literaria del reporterismo: “El periodismo siempre ha sido para mí muy importante. Durante mucho tiempo me gané la vida haciendo periodismo, y también ha sido una fuente de temas. Muchas de las cosas que he escrito no las hubiera escrito sin haber tenido experiencia de periodista”. Gracias a dicha práctica, tenemos ahora El sueño del celta.

Los primeros años de reportero de Mario Vargas Llosa en las zonas más conflictivas del país

En busca de la hija perdida 

Terminada La fiesta del Chivo, a continuación emprendería una investigación sobre Flora Celestina Teresa Enriqueta Tristán Moscoso (1803-1844) y su nieto Eugène Henri Jean-Paul Gauguin (1848-1903), la franco-peruana feminista y socialista que soñaba con una revolución utópica, y el torturado y más grande pintor francés del siglo XIX, protagonistas de El paraíso en la otra esquina (2003). El interés por Tristán comenzó luego de leer Peregrinaciones de una paria (1838) cuando estudiaba en San Marcos, en la segunda mitad de los años 50. En esa época Vargas Llosa estaba entusiasmado con la revolución cubana y era parte de la oposición comunista al sátrapa Manuel Odría. Una vez más, para inventar con conocimiento de causa, el novelista, en su afán por retratar con pasión y certeza a sus personajes, se zambulló en una vorágine investigativa, que esta vez fue más penosa y difícil porque había episodios oscuros, no documentados, de Flora Tristán. La mujer hizo una episódica pero decisiva travesía por el país, específicamente en Arequipa. “Apenas estuvo poco menos de un año en el Perú, pero fue un año fronterizo en su vida”, le dijo Vargas Llosa a Carlos Batalla, de La República: “Sin la experiencia peruana, Flora jamás hubiese sido lo que fue. El viaje al Perú lo emprende, por una parte, escapando de la persecución del marido que había abandonado, y, por otra, con la idea de ser reconocida por la familia Tristán y así recuperar la herencia de su padre que había perdido por ser hija ilegítima. A Europa vuelve una mujer que no ha conseguido ninguno de esos objetivos, pero que es capaz de luchar por cambiar la situación de la mujer e iniciar un proceso de transformación del mundo entero”. 

 En la última década Vargas Llosa ha abandonado el escritorio del columnista de opinión para revelarse como reportero de guerras. Impulsado por la necesidad de ser testigo directo de los hechos, en 2003 visitó Irak para verificar las consecuencias de la invasión estadounidense. Atento a la evolución del conflicto árabe-israelí, en 2006 el escritor anduvo por las zonas calientes de Israel y Palestina y habló con los actores de unas las guerras más prolongadas y crueles del planeta. Así como lo hicieron en el terreno, arriesgando su propia vida, Stephen Crane, que reportó, entre otras conflagraciones, la guerra de Estados Unidos contra España por el control de Cuba (1898); Ernest Hemingway, que envió despachos desde campos de batalla la guerra civil en España (1936-39; y Vasili Grossman, que estuvo con el Ejército Rojo desde que salió de la Unión Soviética y liberó a a los presos de los campos de concentración (1943-45). Vargas Llosa, como los viejos reporteros, y en una demostración de que el verdadero periodismo contiene una alta dosis de coraje, en una edad en que los escritores consagrados prefieren disfrutar de una cómoda jubilación, partió a los escenarios donde la condición humana sufre brutales humillaciones que los grandes medios suelen ignorar.

 
Comision investigadora de la matanza de Uchuraccay, 1983

El sueño de Varguitas 

Al comienzo de 2009 estuvo en el Congo, un país que vive en guerra desde que alcanzó la independencia en 1960, una herencia del feroz e impune colonialismo que impuso el monarca belga Leopoldo II. Viajó hasta el meollo del África para conocer, oler, escuchar, sentir, a esa nación incapaz de gobernarse por sí misma. Se mudó hasta el meollo africano porque allí estuvo el diplomático británico que en 1900 despachó informes sobre la imposición del esclavismo como sistema de trabajo que se saldaba con la muerte de millones de congoleses. Ese diplomático era Roger Casement, el héroe del nuevo libro de Vargas Llosa, El sueño del celta. Debido a su notable experiencia en territorio congolés, la Oficina de Asuntos Exteriores del Reino Unido encomendó a Casement  recorrer el Putumayo, en la Amazonia peruana,  donde comprobó que la compañía de capitales británicos, Peruvian Rubber Company, perpetraba crímenes en agravio de la población indígena a la que sometía para explotar el caucho. Roger Casement encaja perfectamente con el prototipo de héroe del mundo de Vargas Llosa: el que combate la opresión de cualquier forma de poder, como el padre de familia dictatorial, un sátrapa sudamericano o caribeño, un director de escuela represivo y violento, un marido enceguecido por la venganza, etc. Vargas Llosa no solo descubrió a Casement en una biografía de Joseph Conrad sino también supo que era amigo del autor de El corazón de las tinieblas, una narración espantosa que el autor construyó luego de vivir medio año en el Congo. Había visitado el infierno donde el hombre blanco tenía licencia para matar al hombre de color, el círculo que le faltó relatar a Dante Aligheri. Para Vargas Llosa había material extraordinario, así que se embarcó al país africano a jugarse el pellejo entre los fuegos de los bandos enfrentados, para conocer lo que vieron Conrad y Casement. Escribió un estremecedor reportaje de evidente título conradiano: “Viaje al corazón de las tinieblas”. Es el relato de una pesadilla, un adelanto de lo que será la “guerra por el agua”, el conflicto definitivo que hará desaparecer a los seres humanos de la faz de la tierra. “El agua es muy cara, no tienen dinero para pagar lo que cuestan los bidones de los aguateros. Es una queja que oiré sin cesar en todos los campos de refugiados del Congo en que pongo los pies: no hay agua, cuesta una fortuna, ríos y lagos están contaminados y los que beben en ellos se enferman”, escribió. El que posee el agua tiene el poder sobre los demás. Es innegable que lo que ocurre hoy en el Congo es consecuencia de los padecimientos del colonialismo belga que reinó con la bendición de los más poderosos países del planeta. Lo que Casament y Conrad habían visto con sus propios ojos, se repetía ante la mirada espantada de Vargas Llosa.
Las épocas en el que Vargas Llosa aún no imaginaba que obtendría el Premio Nobel de Literatura

Con rabia, pica y pena 

Pero el periodismo no siempre ha sido aplaudido por el novelista, que con cierta frecuencia ha protagonizado confrontaciones con periódicos y periodistas, especialmente en situaciones en las que cumplió un papel público, por ejemplo, como presidente de la comisión que investigó el asesinato de los periodistas en Uchuraccay (1983). En julio de ese año, dedicó un artículo completo, “El periodismo como contrabando”, para denunciar que el periodista londinense de “The Times”, Colin Harding, desinformaba sobre la guerra interna en el Perú al acusar al gobierno de Fernando Belaunde de promover la matanza de campesinos y callar o sesgar los crímenes de Sendero Luminoso. Vargas Llosa aprovechó la ocasión para cuestionar sobre el mismo punto a la prensa del primer mundo. “El señor Colin Harding no es una rara avis, sino el prototipo de una especie numerosa. Abundan en los países del mundo occidental. Están en los grandes diarios, en las radios, en las televisiones, en las universidades. Bajo el camouflage de especialistas en América Latina, contribuyen más que nadie a propagar esa imagen de sociedades salvajes y pintorescas con que muchos nos conocen en Europa, por las distorsiones que llevan a cabo cuando simulan describirnos, investigarnos, estudiarnos”. Tres años después, en una entrevista de Sonia Goldenberg publicada por el diario La República el 30 de marzo de 1986, Vargas Llosa lapidó al periodismo nacional preguntándose: “¿El periodismo que tenemos no es en un 80 por ciento deleznable y vergonzoso? Ese es nuestro país”

 En El pez en el agua (1993) descuartiza sin ascos a los medios de comunicación que lo atacaron con intensidad durante la campaña electoral de 1990, y sin embargo no dedica ninguna línea a la prensa que destruyó a sus contrincantes e hizo propaganda a su favor sin ambages, una de las razones por las que perdió la jefatura de Estado. Muy poco después, algunos de los propietarios de esos medios, se venderían al fujimorato para difamar a los que disentían con la dictadura, como Mario Vargas Llosa lo comprobaría en carne propia. En una ocasión, cuando Nicolás Lúcar, de América Televisión, lo entrevistaba por teléfono, el escritor aprovechó para lanzar un ataque demoledor contra Alberto Fujimori en vivo y en directo. Lúcar no sabía qué hacer para silenciar la vorágine de acusaciones contra la satrapía corrupta. Como Vargas Llosa no se detenía, Lúcar , en un escandaloso acto de censura, cortó la comunicación con el programa en vivo. Ahora Vargas Llosa se ha reconciliado con la prensa, mejor dicho, con la prensa que no se vende. 

En 2006, recibió de la Universidad de Columbia el premio Maria Moors Cabot, uno de los más prestigiosos del periodismo en el mundo. Al recibir la distinción, habló de la profesión que le provee de las grandes historias de sus novelas."El periodismo, tanto el informativo como el de opinión, es el mayor garante de la libertad, la mejor herramienta de la que una sociedad dispone para saber qué es lo que funciona mal, para promover la causa de la justicia y para mejorar la democracia”. Y agregó algunos conceptos de la práctica profesional: "El periodismo debe ajustarse a los hechos y buscar sistemáticamente la verdad (.), debe establecer una clara frontera entre información, opinión e interpretación para que el lector se pueda formar su propia idea de lo que pasa”. En el mismo discurso recordó sus inicios: “El periodismo ha sido un compañero leal, fascinante y fecundo de mi vocación literaria”, apuntó: “Empecé a los 15 años, cuando mi padre me consiguió un trabajo en un diario de Lima (La Crónica) y traté de cubrir de todo, desde crimen y deportes hasta política y obituarios”. Es que, después que uno ejercita el periodismo, no hay manera de abandonarlo. 

 Entrevistado por Iker Seisdedos de “El País” de Madrid, el 29 de agosto de este año, Mario Vargas Llosa reconocería el papel decisivo del periodismo en su carrera literaria. “¿Aún se considera periodista?”, le preguntó el reportero. “Escribo en periódicos. Y a veces aún hago periodismo de calle. Fue además una fuente maravillosa de temas, de personajes. No sé qué porcentaje, casi la mitad de las cosas que he escrito provienen de mis tiempos de periodista”, confesó. Sin el periodismo, Vargas Llosa quizás habría escrito solo la mitad de los libros que ha publicado. FIN.

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